Por Yaz Navarro/Así como las personas, los libros también llegan en el momento justo. No recuerdo de quién leí por primera vez que son estos los que nos eligen a nosotros y no al contrario, pero sigue siendo una de las certezas fundamentales de mi vida.

Si este libro se me hubiera cruzado antes, no habría sido más que eso, una bonita novela más. Pero a Laura Esquivel se le ocurrió aparecerse así, sin ser invitada, para pasearse cómodamente por toda mi casa. Mi casa, mi mente, mis pensamientos, mis recuerdos, mi construcción.

Antes no hubiera sido tan valiosa una reacción desencadenada de los abusos que terminara por extinguir a Mamá Elena, a quien por cierto, puedo oler, y ese es uno de los encantos de este libro.

Soy capaz de imaginarme la cocina, el gallinero, a Tita creciendo entre jitomates, cuchillos y ollas. Puedo ver el rostro de Pedro, el de Gertrudis, las facciones santas de Nacha y la sencilla sensualidad de Tita. Incluso veo los ojos rojos de Mamá Elena furiosa mientras esta consuma su amor en un espacio que se creía sagrado.

Esquivel me hizo llorar, emocionarme y sentirme enojada. El mayor logro de Tita fue convertir tanta frustración, anhelos y abusos reprimidos en la fuerza y valentía que se necesitan para poner límites sobre su propia vida.

Pero no dejo de darle vueltas al asunto y trato de justificarme ese decepcionante final. Hablo a título personal, insisto en explicarme que para esos tiempos era imposible que, aún cuando Tita encontró lo que buscaba en John, terminó quedándose con Pedro e incluso se mató por él.

Y ese fue el fin de uno de mis personajes favoritos de la literatura. Por supuesto que no perdió su valor, pero vamos, había pasado 20 años peleando, a su manera, por una libertad conquistada como para que la autora me viniera a decir al final que Tita estaba cansada.

Nadie más, ni el fantasma de Mamá Elena, le volvería a decir cómo manejarse. De ahora en adelante, nadie más decidiría sobre ella.

Podríamos habernos quedado hasta allí, pero no. Fue necesario juntarla con Pedro.

Sé que la magia con la que la novela está escrita da pie a ese predecible final, que a lo largo de la narración la comida crea una esencia encantadora con el poder de seducir o enfermar a personajes según sea conveniente, pero ¿por qué retomar lo que la mayoría esperaría e impedirle a la protagonista sea una heroína “de verdad”?

Finalmente Tita se ve reducida y anulada.

Mientras tanto, yo me quedo con esto: “Me creo lo que soy, una persona que tiene todo el derecho a vivir la vida como mejor le plazca” y ” Una maldita tradición que voy a romper cuantas veces sea necesario mientras no me tome en cuenta”.

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