De todas las cosas de vivir sola creo hay solo dos que me preocupan; una de ellas es la cocina, es que sí hay motivos, mi relación con la comida es una cosa, pero yo cocinando, creo que al menos hasta ahora no lo hago ni en defensa propia y vaya  me interesa el asunto.

 

Con dos tazas de arroz, echadas a perder así como los frijoles quemados, admito que me ha dado hasta tristeza, pensar que al paso que voy solo perfeccionaré mi técnica con las ensaladas y las quesadillas y es que cuando algo me sale bien en la cocina, es tan épico como el triunfo de AMLO, me emociona tanto, pero no es para nada la constante.

Pero¿Por qué no aprendí a cocinar? dice la vocecita… y recuerdo todo,en casa solo cocinaba mamá, vengo de una familia donde solo las mujeres cocinaban, los hombres no tocaban ni el sartén; nunca tuve necesidad de aprender porque siempre me cocinaba mamá, mis abuelas o mis tías; supongo que poco a poco fui asociando la cocina a esos ámbitos propios de las mujeres, que las obliga a servirle a sus hombres (Qué espanto, ni loca pensaba someterme a eso).

Cuando tenía 19 años mi mamá entró a trabajar, la casa se nos vino encima, a mi papá, mi hermano y yo; me aterraba pensar que  por ser la única mujer, hermana mayor además, podría ocupar el lugar de “ángel del hogar” y que se delegaran todas las tareas de casa a mí.

No lo deseaba, si era necesario  me alejarìa de ello.

 

Era horrible lo evitaría a toda costa, no quería ocupar ese papel,  la solución fue no aprender a cocinar, ni siquiera intentarlo,por mucho que mi papá quisiera desayunar algo hecho en casa los sábados; yo no sabía cómo hacerlo, no había manera, así fue como mi papá entendió que no sería yo la que le llevaría huevos revueltos con frijoles o le calentaría las tortillas o le haría algo de comer, gané esa batalla, él nunca insistió, trató de hacerlo con mi hermano tampoco funcionó y ahora él se procura su desayuno sabatino por sí mismo (Esa es otra historia).

 

Yo gané esa batalla, mi feminista interior lo hizo, pero me resté punto en la cocina, tareas pendientes quedarían, fue hasta  que llegó a mi Como Agua para Chocolate libro y película, que me empecé a reconciliar con la cocina, la autora Laura Esquivel ama la cocina y cree que no debe estar peleada con el empoderamiento de la mujer, sino todo lo contrario lo ve como una fortaleza, pues desde nuestros ancestros la cocina está íntimamente ligada a las mujeres, forma parte de nuestra historia familiar.

Así pasa en la novela, es una historia de amor, pero también de feminismo, Tita vive una lucha para liberarse de las absurdas reglas de Mamá Elena, quien le prohibió casarse por ser la hija menor, la que debe cuidar a la madre en sus vejez, porque es ley generacional.

 

Tita, protagonista de la historia hace de la cocina, sus recetas, platillos, su fortaleza, su cómplice, su esencia feminista reside en ella, pero su sensibilidad y feminidad, nunca la abandonan, es parte de su magia y encanto.

Poco tiempo después tomé un curso de cocina italiana, mientras estudiaba ese idioma en la Fes, me encantaba pararme tan temprano 6 o 7, para llegar a  la escuela a las nueve, desafiando el tráfico matutino de Periférico.

 

Carbonara, pizzas, polpettone, lagsana, penne a la puttanesca, tiramisú,en fin yo era una alumna entusiasmada, siempre lo he sido, junto con otros diez, comprábamos insumos, nos divídiamos las tareas asignadas de mi encantador profe, quien guiabana la receta.

 

Era muy divertido todo, pero un día se me ocurrió  la brillante idea de decirle a mis amigos “Ya sé hacer pizza cuando nos vemos, para prepararla” y yo como buena anfitriona organizaba todo, dispuesta a deleitar a los comensales amigos y oh sorpresa no lograba amasar, no salía, se veía tan fácil pensaba.

¿Dónde estaba mi fuerza muscular?; no pude hacerlo ese día, mis amigos lo intentaron tampoco pudieron, afortunadamente llegó la prima de Diana, que estudiaba gastronomía, ella salvó la masa; y así se logró la pizza,  salieron como 8 pizzas, entre amigos y familia las compartimos.

 

Luego tuve otras anécdotas cuando mi tía vino a México por unos meses de Estados Unidos, y mientras yo superaba un periodo de tristeza  nini, por no tener el trabajo que quería y llevaros varios rechazos editoriales.

El sazón de mi tía fue mi aliado en esos momentos ella me pedía que la ayudara cocinar era tan lindo, me daba paz. Durante un mes yo fiel,ayudándole, viendo como hacía salsas verdes, rojas,sopas, pollo, mole de olla, se supone que con verla y asistirla aprendería.

 

Cuando ella se fue, todos pensaron que ya sabía cocinar, yo había aprendido muchas cosas, quise ponerlas en práctica, mientras todos trabajaban en mi casa, yo tenía las mañanas libres para lucirme, pero no fue así.

 

Sin ella tuve varios accidentes en la cocina,  fui una bomba,rompí las cuchillas en una ocasión, estuve a punto de hacer corto circuito el horno de microhondas porque dejé un pedazo de papel aluminio, mientras calentaba algo, y unas quemaduras leves; mi mamá me pidió que ya no entrara a la cocina al menos por un tiempo, quedé muy decepcionada.

 

Me rendí, tenía razón, me quedé con la sensación de no estar lista, justo como ahora, pero mi amiga Luna, que me enseñó las bases para hacer arroz, me dio ánimos, recordándome que la práctica es necesaria para cualquier técnica.

 

Confío en la práctica, seguiré intentando 

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