“Estoy enamorada, tengo una relación con mi pizza”, Comer Rezar y Amar.

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Aún recuerdo mi relación con la comida, tan conflictiva, tan ansiosa, tan culpígena, tan “necesito calmarme esta ansiedad con una bolsita  de cheetos” o “Necesito la energía de una coca cola”…en fin, era eso un tiempo y luego el oh por dios me comí un montón de calorías.

 

La mayoría de las personas suele decir “amo la comida”, “me encanta comer” y claro es un placer tan básico en nuestras vidas, que el acto en sí de comer nos mantiene más saludables, nos pone de buen humor, nos hace más felices, pero la comida no siempre es la amiga de todo el mundo.

 

En mi experiencia crecí rechazando muchos alimentos, creyendo que una cajita feliz era la alegría, y a lo largo de mi adolescencia como muchas mujeres desarrollé complejos respecto a mi peso.

En una sociedad tan competitiva donde a las mujeres se les enseña que nuestros cuerpos son cartas de presentación  para conseguir mejores oportunidades, mejores novios, o el éxito englobado en el súper pack de la felicidad.

 

Digo si en pleno siglo XXI se sigue premiando la belleza y se realiza un programa a nivel internacional para ver mujeres en traje de baño competir por el título a la más bella del planeta, creo que el mensaje es claro: La belleza importa y mucho.

 

Y Así como muchas adolescentes  me vi en la necesidad de encontrar la perfección en mi cuerpo,  un cuerpo esbelto digno de entrar al mundo descarnado de los cánones de belleza donde la mujer puede llegar a ser un pedazo de carne.

 

En fin mi relato no pretende acusar a la sociedad y los medios  de los trastornos alimenticios y la baja autoestima de las adolescentes, sino compartir que yo fui una de esas chicas que creían que en la perfección de las mujeres de portadas de revista mientras me sentía mal por mi peso al ver los números creciendo en la báscula, y afirmar que seguro no soy la única y qué pude liberarme de eso.

 

 

 

La inseguridad con la que muchas mujeres crecemos se refleja en la relación que mantenemos con  nuestro cuerpo y la manera en que nos exigimos mantenernos dentro del estereotipo, como si fuera importante, cuando conocemos nuestras capacidades, virtudes e incluso aceptamos nuestros defectos, nos aceptamos como somos, el físico en realidad ya no es importante en absoluto pasa  a un segundo plano porque nuestra valía humana está más allá de una sociedad  exigente con el cuerpo de una mujer.

 

. Vaya eso  para mí  es libertad, espero muchas mujeres logren entender eso

 

I Wanna be Perfect

Era flaca y eso me generaba un montón de inseguridades al mirar a las niñas de 14 años que ya tenían pechos y caderas amplias y yo seguía usando corpiño, usar shorts en clase de educación física me parecía de terror, mostrar mis piernas palito a la audiencia de compañeros de secundaria me daba pavor.

 

Cuando entré a   la preparatoria padecí el síndrome de “Ya embarneciste” frase de alguna tía o tío que decía  al verte  con los ojos sorprendidos después de meses, y decir con pena: Sí, un poco.

 

Cuando entré a la Universidad mis malos hábitos alimenticios generados por la falta de tiempo, horarios mixtos, una nula educación  nutricional y problemas emocionales me llevaron  a pesar  48 kilos.

 

Un peso bastante bajo para alguien de 1.59 de estatura, lo cual generó a  mi alrededor la ideas y rumores sobre un posible trastorno alimenticio, especulaciones tan continuas que llevaron a mis padres a dudar de mí, pensando que quizá vomitaba la comida  por lo cual me vigilaban a entrar al baño.

 

Para ese entonces emocionalmente no me encontraba bien y entre los malos hábitos, comer comida chatarra, ayunos entre semana y falta de apetito yo comía menos y por ende baja más , en fin recuerdo que me dolió enterarme que la gente pensaba que yo tenía un trastorno alimenticio y fue aún más doloroso que mis papás lo creyeran.

 

Con el tiempo entendí que lo que piense la gente es lo que menos te afecta, pues lo que uno piense de sí mismo es lo primordial.

 

Para ese momento emocional tan conflictivo mi apetito disminuía  y un proceso previo de ansiedad e insomnio empezaba a asomarse por la ventana, por lo cual me ví en la necesidad de alimentarme “mejor” en ese entonces alimentarme mejor era comer mucho, un montón lo que me pusiera en la mesa, algo así estilo papá de Remi en Ratatouille.

 

Mi familia, mi  ex novio, amigos mostraban un interés porque comiera, y a mí me costaba mucho trabajo terminarme un platillo, entre un proceso emocional complejo y ver que todos preocupados me ofrecían comida… al poco tiempo encontré un bálsamo de tranquilidad  en los alimentos grasosos.

 

De saltarme comidas, hacer ayunos, e inclusive no cenar, pase a querer devorarme el mundo, pasaba de los chilaquiles de Doña Vale, las tortas de tamal en la tarde, los esquites pre cena  al regreso a casa y todavía una mini cena en la casa y eso sí como 3 o 4 coca colas como parte de mi dieta.

 

Este cuerpo no es mío

 

No contaré detalles quizá pasó un año o 7 meses, para que de repente  mi ropa me avisara que sí estaba ganando peso y todo iba bien, hasta que subí 10 kilos y mi ropa dejó de quedarme y mi nueva realidad era que ahora me sentía sumamente culpable por haber comido tan desconciencia y subir tantos kilos y no darme cuenta.

 

En fin ya no podía parar de comer, la comida era mi aliada en estrés y ansiedad y ahora con la idea de que pensaba 57 kilos me daba pánico y lo único que logré era no dejar de comer y lo que sí  comía con gran culpa, que recuerdo varias veces romper  en llanto en diversas ocasiones después de comer, ya no había placeres culposos, ya era compulsión más culpa y de nuevo compulsión.

 

Mi relación con la comida era nefasta, que llegué a desarrollar miedo a la comida.

Entender “la belleza” me fue liberando

En mi proceso de recuperación  me encontré haciendo la tesis sobre la descripción de la belleza femenina en la marca Miss Dior, lo cual me obligó a  ver que la belleza, en lo que se refiere a los cánones en la historia eran tan distintos desde la prehistoria, la edad media, el Renacimiento hasta nuestros días y dependía en gran medida de la cultura y el contexto.

 

Que pude darme cuenta que la belleza francamente siempre había sido subjetiva y difícil de explicar por todos los filósofos  y escritores de la historia desde Platón, Aristóteles , Kant, hasta Simone de Beauvoir y el mismo escritor y pensador de nuestro tiempo, Umberto Eco dedicó un libro entero a la belleza “ La historia de la Belleza” y al final nadie pudo encontrar un concepto universal.

 

Porque simplemente no existía la belleza era compleja, cambiante, con un rostro distinto según el contexto, la época, el país, la cultura. Eso me hizo quitarme un peso de encima, si para la belleza no había reglas porque esforzarse en mantenerse de acorde a la moda, cuando hay tantos vestidos y estilos que usar.

 

Sanando mi relación conmigo lo que menos me importaba eran las medidas, sin embargo lo que pasó meses después fue algo que cambió completamente la relación con mi cuerpo.

 

“Hola soy la reportera gastronómica”.

En mi camino apareció la vacante de reportera gastronómica, en realidad yo no sabía nada, sonaba divertido, pero hasta ahí, estoy acostumbrada a contar historias, pero lo que encontré me sorprendió e hizo de  la comida mi mejor amiga para siempre.

 

Entrar un mundo de sabores desconocidos y enseñanzas constantes, el compartir la sobremesa con foodies de corazón, entrevistar a gente apasionada por la gastronomía por el buen comer, me fue llevando a enamorarme también de todo el universo que envolvía los placeres de la comida.

 

Y percatarme que la gente que sabe disfrutar la comida es más libre y más feliz, más creativa y vive con menos culpa, y  muchos de ellos no son para nada gordos, al contrario son delgados sin complejos de ningún tipo.

 

Pues no era ya sólo ir  a comer sino conocer nuevas formas de cuidarme, consentirme, de descubrir, de viajar sin hacerlo, sin embargo este nuevo estilo de vida me llevó a mantener el ejercicio y aprender a escuchar a mi cuerpo  y relacionarme con el placer.

 

El placer de comer sin culpa, porque simplemente amas tu cuerpo y sabes que mereces lo mejor, el placer de disfrutar tus platillos sin la prisa, de Tengo que irme, debo irme, comer con prisa ahora me parece de las peores infamias de la vida, hay que gozar cada mordida.

 

Me sentía de verdad como en la novela de Elizabeth Gilbert  Comer, Rezar y Amar, cuando la protagonista se da cuenta que  su relación con la comida al estilo gente americana era muy distinto al que tenían los italianos que aprendían a disfrutar cada bocado de su pasta, de su pizza, de sus espárragos, de su burrata y maridarlo con una buena copa de vino tinto.

Aprendí a escuchar a mi cuerpo cuando tiene hambre, cuando ya no quiere comer porque está lleno  o discernir entre qué comer de acuerdo  a cómo me siento, si me falta energía, si necesito tranquilidad, si algo grande para disfrutar entre amigos, o algo ligero.

Me enamoré de la comida y por fin entendía que  no era un placer culpable comer no tiene porqué serlo, al contrario comer bien y bonito nos hace sentir bien  en todos los sentidos.

Y entender que puedes hacer de la comida tu amiga te libera, en absoluto yo no me preocupo por cuántas calorías tendrá una pizza, o un cheesecake, no pienso en dietas para mantener mi peso y me parece absurdo que aún existan libros o artículos que inciten a las dietas.

Cuando comer es un estilo de vida, no tiene porqué ser un estructura jerarquizada de alimentos para mantenernos en el peso ¿aceptable? Para la sociedad, y sigo pensando que el ejercicio es fabuloso para sentirnos mejor pero no como ideal para alcanzar la figura ideal y llenar los vacíos de nuestras propias inseguridades.

Concluyo conque estoy tan enamorada de la comida como de mí.

 

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