Escribió alguna vez la escritora norteamericana Silvia Plath “El no ser perfecta me hiere” una verdad que quizá muchos hemos vivido alguna vez por querer demostrar a nosotros y a los demás que podemos ser perfectos ya sea  en nuestro físico, en nuestros talentos, habilidades y profesiones e incluso en la parte emocional buscamos  una especie de control para no dejarnos ir.

Es bueno exigirnos a nosotros mismos ser mejores en muchos ámbitos, sin embargo el llegar a ser perfectos es realmente una meta imposible que no vale la pena trazarse con tanto ímpetu, porque simplemente no lo lograremos, somos humanos  complejos no simples máquinas.

En mi experiencia puedo decir que me considero perfeccionista al grado que mi intento por la perfección me ha llevado a sentir la incómoda culpa y el reproche de saber que he podido hacerlo mejor.

Como periodista y redactora suelo ser bastante exigente con mis escritos, sobre todo cuándo intento hacer algo más profesional o narrativo, acostumbro a leerme después de terminar muchas veces y encuentro que pude haber escrito alguna mejor idea, metáfora, palabra o qué quizá pude  haber hecho alguna pregunta interesante que en su momento no sé me ocurrió. Me torturaba por horas y días al grado que a veces no podía dormir de la incomodidad de revivir el momento, de verdad no sé por qué lo hacía si era nocivo para mi autoestima.

Otras veces me pasaba que cuando un editor me corregía un texto o me decía en qué me había equivocado experimentaba frustración y pensamientos terribles donde me reprochaba no haberlo hecho cómo debía y de momento se me ocurrían todas las buenas ideas, la verdad es que soy bastante joven y eso me pasó a los 22 y 23 así que después de todo entendí que estoy perfeccionando la técnica y evidentemente equivocarse era algo natural.

Pero si me equivocará cuando sea mucho más grande  tampoco debería ser algo con lo que me torture como ese látigo mental que insiste en recordar y repasar el momento de la equivocación.

En otro momento me perjudiqué porque subí algunos kilos y me costaba trabajo comer mucho más ligero para bajar y venían también los reproches después de comerme una hamburguesa, un refresco, o hasta andar picando la comida entre el día. La verdad era mi peor juez y enemigo y tuve tantos problemas emocionales que me llevaron al límite.

Incluso también quise ser “perfecta” en la cuestión emocional no ser tan sensible y llorar por cualquier cosa, pero tampoco podía evitarlo suelo ser racional, pero tengo las emociones a flor de piel y he entendido que es parte de mi personalidad, aunque también trato de mejorar ese asunto.

Confieso que me llevé al límite de entender que era la más dura e intolerante juez de mi persona, no toleraba ni el mínimo error  y me reprochaba demasiado los errores, sin embargo ahora pienso y he entendido gracias a un proceso de conocimiento interior y de mucho aprendizaje que no hay que ser tan duros con nosotros mismos, si exigentes siempre dar lo mejor de nosotros, pero saber que si nos equivocamos en algo simplemente NO PASA NADA, no arruinamos nuestra vida en absoluto, ni nuestra carrera, ni nada en realidad.

Tenemos derecho a hacerlo porque si no lo hiciéramos no seríamos seres humanos, además también he aprendido que se aprende mucho de los errores. Yo he perfeccionado mucho bastantes cosas como ejemplo escribir o cocinar, que hasta hace unos años me era un campo tan desconocido que no sabía ni preparar un huevo, y entrar a la cocina que era para descomponer la licuadora, quemar las tortillas, los asados y por supuesto darme unas quemadas bastante dolorosas, al grado que hasta mi familia me decía que no entrará más cocina, pensé que siempre sería un desastre , pero la práctica hace al maestro y ahora se hacer pastas, pizzas y guisados bastante comunes a los cuales ya no les falta sal.

Por lo cual no debemos limitarnos en lo absoluto. No debemos pensar que una equivocación nos marca de por vida con una etiqueta de fracaso o dañarnos con el pensamiento de que somos pésimos en dicha técnica o arte o no somos suficientes. Estoy convencida ahora que mis errores me han hecho crecer mucho más que mis éxitos y esos triunfos llegaron gracias  a las caídas y los tropiezos.

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